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5 min de lectura

Aprendí a escuchar sin obedecer

Durante mucho tiempo cometí un error que probablemente todavía cometo algunas veces.

Escrito por Juan Maldonado

Criterio Decisiones Desarrollo personal
Retrato conceptual de Juan Maldonado reflexionando entre opiniones y notificaciones

Durante mucho tiempo cometí un error que probablemente todavía cometo algunas veces.

Le daba demasiado peso a lo que otros pensaban sobre mis decisiones.

No necesariamente porque tuvieran razón.

Simplemente porque su opinión me importaba.

Puede pasar en el trabajo, con una idea que quieres intentar, con una decisión personal o incluso con algo tan sencillo como cambiar una costumbre.

Siempre habrá alguien que tenga una opinión.

Alguien que crea que estás yendo demasiado rápido.

Otro que piense que estás tardando demasiado.

Alguien que te diga que deberías arriesgarte más.

Y otro que te recomiende no complicarte la vida.

Lo curioso es que muchas veces esas personas dicen lo que piensan y continúan con su día.

El que se queda pensando eres tú.

Una opinión puede durar unos segundos

Con los años he entendido que tomar decisiones también significa acostumbrarse a que no todos las entiendan.

Si haces algo diferente, alguien preguntará por qué.

Si cambias de opinión, alguien recordará lo que decías antes.

Si intentas algo nuevo, aparecerá quien vea primero todo lo que puede salir mal.

Y si decides no hacerlo, probablemente alguien pensará que te faltó valor.

No hay una forma de vivir que consiga la aprobación de todos.

Eso debería ser evidente.

Pero no siempre lo sentimos así.

A veces una frase dicha casi sin importancia puede quedarse dando vueltas durante horas.

Una conversación puede terminar, pero continuar en nuestra cabeza.

Repasamos lo que dijeron.

Pensamos qué debimos responder.

Nos preguntamos si quizá tenían razón.

Y algo que para la otra persona duró treinta segundos termina ocupando una parte importante de nuestro día.

Con el tiempo entendí que muchas veces el verdadero problema no era la crítica.

Era el eco.

Algunas críticas son necesarias

También sería demasiado fácil concluir que la solución es dejar de escuchar.

No lo creo.

Algunas personas me han dicho cosas que en ese momento no quería escuchar y que, después, terminé agradeciendo.

He cambiado de opinión.

He tomado decisiones equivocadas.

He insistido en cosas que no funcionaban.

Y seguramente volverá a pasar.

Por eso no quiero rodearme únicamente de personas que estén de acuerdo conmigo.

Una buena crítica puede obligarnos a ver algo que estábamos evitando.

Puede ayudarnos a corregir.

Puede ahorrarnos tiempo.

Incluso puede hacernos crecer.

El problema aparece cuando confundimos escuchar con obedecer.

Puedo escuchar una opinión sin convertirla automáticamente en una instrucción.

Puedo reconocer que alguien tiene razón en una parte y no estar de acuerdo con el resto.

Puedo cambiar de opinión sin sentir que perdí.

Y también puedo mantener una decisión después de escuchar a los demás.

Casi nadie conoce toda la historia

Hay algo que intento recordar cada vez más.

Las personas opinan desde la información que tienen.

Y rara vez tienen toda la información.

Ven una decisión.

No necesariamente ven todo lo que ocurrió antes.

No ven las conversaciones, las dudas, las responsabilidades, los intentos anteriores o las cosas que uno decidió no contar.

Desde fuera muchas decisiones parecen sencillas.

Desde dentro casi nunca lo son.

Esto pasa en el trabajo.

Pasa con los amigos.

Pasa en la familia.

Pasa incluso con personas que realmente quieren lo mejor para nosotros.

Y entenderlo me ha ayudado a poner algunas opiniones en perspectiva.

No porque los demás estén equivocados.

Sino porque una opinión sin contexto no puede pesar igual que una decisión tomada conociendo toda la situación.

Cuando la opinión viene de alguien cercano

Las opiniones de desconocidos pueden molestar.

Pero las de las personas cercanas pesan diferente.

Precisamente porque esas personas nos importan.

Cuando alguien a quien valoras cuestiona una decisión, es más difícil simplemente ignorarlo.

Y tampoco creo que haya que hacerlo.

Pero con el tiempo he aprendido algo que antes no tenía tan claro:

querer a alguien no significa convertirlo automáticamente en consejero de todas las áreas de tu vida.

Una persona puede conocerte desde hace muchos años y, aun así, no conocer completamente aquello que estás enfrentando.

Puede quererte mucho y no entender tu trabajo.

Puede preocuparse por ti y proyectar también sus propios temores.

Puede recomendarte lo que ella haría, aunque eso no necesariamente sea lo que tú deberías hacer.

Entender esa diferencia no disminuye el cariño.

Solo coloca cada opinión en el lugar que le corresponde.

También existen personas que generan ruido

Con los años uno empieza a reconocer ciertos patrones.

Hay personas que ayudan a pensar.

Pueden cuestionarte, pero también preguntan, escuchan y tratan de entender.

Hay otras que siempre encuentran primero el problema.

Si cuentas una idea, explican por qué podría salir mal.

Si algo te sale bien, señalan lo que todavía falta.

Si cometes un error, parece confirmar algo que ya habían decidido sobre ti.

No siempre hay mala intención.

Algunas personas simplemente ven el mundo así.

Pero he aprendido que no todas las opiniones merecen la misma cantidad de atención.

Hay comentarios que ayudan.

Otros que alertan.

Y otros que solamente desgastan.

Saber diferenciarlos también es una forma de cuidarse.

He empezado a usar un filtro

No siempre lo consigo, pero intento hacerme algunas preguntas antes de dejar que una opinión se instale demasiado tiempo en mi cabeza.

¿Esta persona conoce realmente la situación?

¿Está señalando algo concreto o simplemente expresando una preferencia?

¿Hay algo que puedo aprender de lo que está diciendo?

¿Es una observación que he escuchado también de otras personas que respeto?

¿Me molesta porque es injusta o porque quizá hay algo de verdad que no quiero reconocer?

Esa última pregunta suele ser la más incómoda.

Y probablemente también la más útil.

Porque tampoco quiero utilizar la idea de “no escuchar a los demás” como una excusa para no cuestionarme.

Se trata de escuchar mejor.

No de escuchar menos.

La atención también se pierde

Durante mucho tiempo pensé en la atención principalmente como algo relacionado con el teléfono, las redes sociales o las interrupciones.

Pero también perdemos atención pensando demasiado en lo que alguien dijo.

Recreando conversaciones.

Imaginando respuestas.

Tratando de demostrar mentalmente que teníamos razón.

Y todo eso tiene un costo.

Porque mientras hacemos eso no estamos resolviendo el problema, trabajando, descansando ni disfrutando el momento.

Simplemente estamos alimentando una conversación que muchas veces ya terminó.

Últimamente intento verlo de una forma más sencilla.

Mi atención es limitada.

No todo merece una parte de ella.

Seguir tomando decisiones

No creo que llegue un momento en el que las opiniones de los demás dejen de afectarnos completamente.

Y quizá tampoco sería algo bueno.

Escuchar a otras personas nos ayuda a salir de nuestra propia perspectiva.

Pero también hay un punto en el que uno necesita confiar en su propio criterio.

Tomar decisiones.

Equivocarse.

Corregir.

Volver a intentar.

Y aceptar que algunas personas no estarán de acuerdo.

Quizá crecer tenga un poco que ver con eso.

Con dejar de necesitar que todos entiendan lo que estamos haciendo.

Con agradecer a quienes realmente intentan ayudarnos.

Con aprender de las críticas que tienen algo que enseñarnos.

Y con dejar pasar aquellas que solamente ocupan espacio.

Porque escuchar a los demás puede ayudarnos a tomar mejores decisiones.

Pero intentar complacer a todos puede terminar alejándonos de las nuestras.